miércoles, 27 de octubre de 2010

A que sabe la música

La conocí en el convite de la boda de Kevin Roderland. Él y yo éramos mejores amigos desde la infancia. Me había pedido que actuara como pianista del convite, y yo, no me podía negar. Mientras tocaba en el piano, la Valse d’Amélie, en lo alto del escenario, me fijé en ella entre tanta multitud, entre personas bailando, familiares hablando, o mejor dicho, chillando para poder oírse unos a otros, entre niños corriendo de un lado para otro con globos en la mano. Y allí estaba ella, dejando sobre la mesa una langosta rellena, con guarnición de setas aliñadas con ajo, -que seguro que repelería a los demás durante toda la noche-, con su uniforme de trabajo, si ella era una camarera del convite, una simple camarera. Pero para mi, era mucho mas que eso, ella era joven, de unos veintitrés años, aproximadamente, por lo que podía ver en su fina cara, ni una arruga asomaba en la frente, sus ojos verdes se dejaban ver tras un mechón pelirrojo que le caía y se los ocultaba. Ella se percato de que la estaba mirando, yo, me equivoque en la cuarta nota. Todos- sin excepción, hasta el típico borracho de boda que estaba pidiendo ya su quinto whiskey - me miraron asombrados al ver que me había equivocado, pero rápidamente volví a la calma y volví a tocar, y todo volvió a la normalidad, todos los que estaban en la pista de baile volvieron a bailar al ritmo de la canción y los demás a comer y hablar. Cuando volví a recorrer con la mirada todo el salón, en busca de mi musa, había desaparecido. Ni rastro.

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